Cuando tu hijo escucha cosas que no debe

Mamá al Cubo · 8 abril, 2016

Tener hijos te obliga inevitablemente a modificar conductas, hábitos, costumbres y mucho más

Tener hijos te obliga inevitablemente a modificar conductas, hábitos, costumbres y muchas cosas más. Algunas de estas cosas las vas descubriendo sobre la marcha, otras te las anuncian antes de que nazca, unas más las intuyes y a veces de plano caen de sopetón.

Pero hay otras que no te cruzan ni 20 metros arriba de tu cabeza cuando te conviertes en mamá; en primera, porque al nacer los hijos básicamente sólo duermen y comen; bueno, algunos también pasan muchas horas llorando, pero nada más.

Las sorpresas van llegando con el tiempo y con el crecimiento de cada uno, y ahí es donde la cosa se va poniendo buena. Más o menos es hasta los tres años cuando puedes ir con tu hij@ a casi cualquier lado donde dejen entrar niños: desayuno con amigas, fiestas familiares, fiestas de amigos, una café vespertino con otras mamás, y así.

Puedes hablar con quien sea de lo que sea sin temor a ser interrumpida, que en todo caso es el menor de lo problemas, puedes hablar de lo que quieras sin miedo a que esa conversación entre dos llegue a los oídos de un sinnúmero de personas. Y es que, aunque parezca que los chic@s están en su mundo inocente, concentrados en sus juegos o divertidos con su juguetes ¡ell@s están en TODO!

Al principio algunas anécdotas pueden parecernos graciosas, pero conforme van creciendo, su estado de alerta permanente sobre lo que las mamás hacemos y decimos deja de ser gracioso, al menos para nosotras.

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La parte más complicada para mí ha sido las pláticas domésticas con otros integrantes de la familia (papá, abuelas, parientes), que se vuelven casi imposibles de terminar o concretar, por ejemplo en la organización de un plan para el fin de semana, la compra de cualquier cosa, la visita a algún amigo, las actividades extra escolares, una salida de mamá, o incluso recordar algún momento de la vida antes de tener hijos.

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La plática inocente puede convertirse en un tremendo interrogatorio tipo Ministerio Público, que con el paso de los minutos deriva en una batalla: “no quiero ir ahí”, “no me gusta esa comida”, “pero me compran algo”, hasta acabar en “no me puedes obligar a ir a dónde no quiero ir”, en referencia a una fiesta infantil de sus hermanas menores, etcétera, etcétera.

Tener un hijo de 8 años, una de 4 y una de casi 3 que ya entiende mucho de lo que decimos los adultos a su alrededor, incluso aunque sea a medias, es vivir permanentemente con pajaritos en el alambre, siempre pendientes de qué hacemos y qué decimos.

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