El encanto del primer amor

Cartas de papá · 27 agosto, 2015

Enséñale a tu hijo los valores del amor y a no no desperdiciar el tiempo

Bien dicen que el primer amor nunca se olvida y yo todavía recuerdo el mío. Nunca pasamos de miradas y risas, pues fue todo un juego de dos niños de kínder. Al salir nunca más supe de Marcela, pero aún tengo una foto juntos y una carta de ella que me pedía que fuéramos novios porque yo estaba “muy bonito”.

Este recuerdo lo desempolvé cuando mi hijo Franco me confió hace unas semanas que pronto se casaría con Victoria, “su mejor amiga” de preescolar. Pensé que sería algo pasajero, pero días después la cosa se puso seria. Primero decidió modificar el orden del alfabeto y escribió juntas las iniciales de ambos (F y V) porque “estoy tan enamorado, papi”, agregó mi pequeño Don Juan.

Pero los focos rojos se prendieron aún más cuando le confesó a mi esposa el momento en el que la besaría por primera vez: “Cuando se me caiga mi primer diente“. Nos quedó clara su nula conciencia de la vanidad pero nos mostró cuán romántico y entregado es. A él le digo que:

  • Nunca esconda sus sentimientos, pues hasta un caballero con armadura deja escuchar el palpitar de su corazón
  • En el intento de amar se puede ganar o no, pero nunca se debe perder el respeto por uno mismo
  • La fuerza del cariño rompe corazones, mas no se trata de desgarrar el del otro
  • Un hombre puede o no ser galán, pero sí tiene la obligación de ser galante
  • Las princesas frágiles sólo viven en los cuentos, ya que las mujeres reales son tan fuertes como su hermana y tan valiosas como su mamá
  • El primer beso es tan importante como el último
  • No hay nadie más atractivo que aquel que sonríe
  • El cariño se compra con detalles, no con dinero
  • El afecto premia a los humildes, no a los soberbios
  • Un “lo siento” es tan valioso como un “te amo”
  • El amor no es para siempre pero la capacidad de amar sí

Y sobre todo que antes de enamorarte como adulto no desperdicies el tiempo de jugar como niño.

PD: En el corazón nadie manda, ni siquiera el cerebro.

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