La culpa después de gritarle a un hijo

Laura Alvarado · 11 octubre, 2016

No todo es miel sobre hojuelas, los deberes flaquean, el cansancio se acumula y las emociones se desbordan.

A mis amigas sin hijos suelo describir la experiencia de ser mamá como un torbellino de emociones, un amor inmesurable y una locura temporal que llena mi vida de la forma más increíble. En su mayoría los días pasan tranquilos, sin grandes noticias, el rutinario ir y venir entre la escuela, reuniones y llamados.

Hago malabares para ser mamá presente a pesar de mi demandante trabajo y las múltiples actividades de mi ocupada vida. Sé que las necesidades de mis hijas son tan importantes como su autoestima y por ello les confieso que me esfuerzo mucho. Cada 10 de mayo recibo la premiación a la mejor mamá del mundo y me siento plena con la vida que elegí, me describo como una mamá feliz.

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Pero de vez en cuando algo pasa; la mamá perfecta desaparece. No todo es miel sobre hojuelas, los deberes flaquean, el cansancio se acumula, las emociones se desbordan, la pasión y el drama nos visitan.

Soy pacifista, no me gustan los pleitos sin fundamentos, estoy en pro de negociar, hablar y discutir los problemas para encontrar soluciones, pero a veces no veo avance y las emociones pueden más. Llegó ese momento horrible, no pude más y grité. Grité con todas mis fuerzas, con todo el deseo de que me escuche, sentí desesperación, quería transmitirle la importancia de mi idea. Mis miedos acumulados me abrumaron, la imagen de mi mamá vino a mí de golpe, me vi de niña. Sólo puedo recordar que yo grité y ella lloró.

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Deseando hacer el bien, le hice daño, -¡Qué difícil es ser mamá!- me descubrí pensando poco tiempo después de tan desafortunado suceso.

Después de dejar a mi hija en el colegio, pasé la mañana sintiéndome fatal por no haber superado la impaciencia, por haber recurrido a la violencia de mis gritos. Puedo sentirla, la culpa está aquí. Tengo múltiples pensamientos tormentosos que vienen a mi mente, me preocupa que se quede con la idea de que es mala niña, quiero mantener esa dulzura que tanto la caracteriza, crece rápido y debo buscar una mejor forma de hacerle entender el punto de la conversación, sin repetir la experiencia.

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Aunque soy humana y no puedo ser perfecta. Soy perfecta en mis intentos de ser una buena mamá. Para reiniciar buscaré nuevamente hablarle desde el corazón, una vez más, borrón y cuenta nueva. El que nunca falle que se haga presente, seguir intentando es lo importante. Me quedo más tranquila viendo como se aleja la culpa, la siento irse.

En la tarde estaré más tranquila, con nuevas ideas y mucho amor que nos ayudarán a dejar atrás el amargo trago de esta mañana.

Así lidio con la culpa, pero no cambiaría por nada jamás mi vida de madre. ¿y ustedes?

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